Diario de abordo (II)

Martes cuarenta y tres, del mes en que me enamoré de tu mirada.

 

Queridos navegantes del barco Pesadilla:

Tras encontrar varias veces tierra, saquear mil ciudades y bañarnos en oro, siento que todo este tiempo os he estado fallando. Creo que ha llegado la hora en la que os tengo que contar la verdad, sin tapujos, sin moscas en la boca. Llego aquel día, en el que me situaré en la popa y os confesaré todos mis secretos. Queridos piratas, queridos amigos, no soy quien creíais que era. Deje de ser quien fui el día que saqueamos Anolecra.

Vivimos a la deriva, sin rumbo, siguiendo mapas en los que se ven cruces rojas y se esconden tesoros. Buscamos sin cesar aquello que es material, aquello que nos pueda proporcionar la alegría de tener cosas… Queridos amigos, llegó el punto en el que lo material ya no me aportaba felicidad, aunque con riqueza era más fácil soportar la tristeza. Me siento todas las noches en el mástil más alto de la vela mayor. El sonido del mar hace que mi cabeza se sumerja en lo más profundo de mis pensamientos, y es ahí cuando me doy cuenta que por mucho que llenemos el barco Pesadilla con oro y alhajas, nunca podremos llenar muchos huecos que quedan vacios en mi mente.

Dormimos cada noche con una mujer diferente, cada dos por tres abandonamos a muchos de nuestros compañeros como si se tratara de trozos de pan. El ron cada vez se consume más rápido aunque yo intente manteneros sobrios… ¿y qué? Camaradas, compañeros, decirme ¿Qué felicidad os a proporcionado todo este caos en el que nos vemos sumergidos?

Vosotros, mis amigos, mis compañeros y mi familia, vosotros mas que nadie deberíais saber que vivo enamorado del infinito, de la belleza y de las cosas que hacen que este mundo sea un poco mas maravilloso, cosas que el dinero nunca, y bien digo NUNCA podrá comprar. Pues queridos, ya no se me ocurren excusas para seguir sonriendo. Mis papilas gustativas se han cansado del liquido dorado que según vosotros, proporciona la felicidad. Y es amigos, que me enamorado. He caído en las redes de una sirena que no vive en el mar,  de aquella que ha huido de nosotros millones de veces, hasta aquel día que nos plantó cara en Anolecra.

No puedo seguir navegando sabiendo que ella pueda estar en algún puerto esperando. Su voz se ha metido en mi cabeza como una taladradora y no me deja casi ni respirar. Solo me queda el recuerdo de cuatro fotos desenfocadas y un collar robado. Aquí y ahora, abandono este barco, os dejo al mando de Pesadilla. No espero lagrimas, ni un festín. Simplemente os dejo con este diario de abordo y todo el oro robado.

Acordaos siempre de aquel capitán que tuvisteis una vez, aquel que no solo os proporcionó lo que andabais buscando, si no, aquel que os dejo a la deriva por este mar.

Un capitán, un amigo y un hermano.

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