Diario de abordo (III)

Día catorce de un mes cualquiera del  año en el que  mis manos se separaron de las tuyas. 
Queridos navegantes de esta locura:
                   Desde que volví a retomar el mando de este barco, mi querido barco Pesadilla, me he dado cuenta de lo mucho que habéis malgastado mis enseñanzas. Os pedí, simple y exclusivamente, que solo hicierais una cosa, no hacer nada que yo no hiciera. Habéis casi destrozado el barco, incendiado las bodegas que contenían el liquido dorado, secuestrado y matado sin ninguna piedad. Queridos amigos, debéis que saber que la reputación de un pirata nunca se merece, ningún pirata a sido nunca tan malévolo como lo pintan, puesto que todos son, al fin y al cabo, personas que mantienen algún resquicio vivo de su corazón.
                   Ahora bien, no solo he venido a devolveros todo aquello que habéis perdido, si no porque he descubierto que Anolecra y aquella damisela, no resultaron ser lo que yo creía. Os contaré:
    Como cuando todas las cosas empiezan, todo era delicioso, cada minuto, cada segundo que pasaba con ella hacia que quisiera detener el tiempo. Cada mirada, cada beso, cada caricia me parecían especiales, infinitos, de aquellos los cuales casi no se ven, que se esconden. Todo parecía un paraíso, como aquella vez que atracamos en Honolulu… ¿ recordáis?, aquello era delicioso. Bien, no se cuanto tiempo pudo pasar, semanas, meses, la perfección se me hacía imperfecta para describir lo que sentía al lado de mi Lady.
     Pero de manera muy rápida, más que a la velocidad a la que navegamos cuando hay viendo a favor,  la perfección perfectamente perfecta se fue disolviendo. Hasta que llegó un día en el que no me quedaba nada. Los besos se habían agotado, nada era ya excusa para volver a desear probar esos maravillosos y dulces labios, y cuando (por algún extremo casual) los degustaba de nuevo, ya no eran dulces, eran amargos y agrios a la vez. Yo quería seguir creyendo que podíamos ser los dos de nuevo, volver a entendernos, compenetrarnos con el hecho de rozar su mirada… Pero queridos piratas, el amor no atiende a ni una sola regla, nada, y llego el momento en el que nuestros ojos se volvieron a compenetrar, pero esta vez para decirse adiós. Un adiós que era tan necesitado como alargado, tan intuitivo como inesperado, solo pronunciamos aquella frase.

     “Maldita dulzura la nuestra”

     Camaradas, el amor no se gasta de usarlo, el amor se gasta cuando te dejas de fijar en los detalles. Cuando la sonrisa de una bella dama ya no quieres que sea especial, cuando ya no buscas sus ojos entre la gente de la calle para sorprenderte si la ves, en no buscarla en tus sueños, en mantener la rutina… El amor es tan frágil como el recipiente que contiene nuestro maravilloso ron. Con el mínimo golpe, se resquebraja y se descompone en millones de pedacitos que nunca volverán a encajar perfectamente. Por lo que voy a terminar dándoos un consejo, de vuestro capitán pero sobretodo de un buen amigo: Si alguna vez amáis a una mujer, no dudéis en perseguirla y si la alcanzáis no dudéis en hacer que se enamore de vosotros día a día, los 1257 días del año.
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